Estábamos tratando lo que no era. No era desobediencia. Era pánico
Rabietas de dos horas, «te odio» por cualquier tontería y todo el mundo diciéndome que lo tenía consentido. Hasta que entendí lo que le pasaba por dentro a mi hijo.

Mateo tiene 5 años. Es el niño más cariñoso que conozco.
Y hasta hace dos meses, casi cada día, se convertía en otro.
No eran berrinches. Eran rabietas de una hora, de dos. Gritaba, lloraba, temblaba, pataleaba. No quería que le tocara ni que le hablara. Se ponía como en trance. Daba miedo.
¿Por qué? Por un calcetín que «se sentía raro». Por apagar la tele. Por un plátano partido por la mitad.
«Te odio»
Con cinco años me gritaba «te odio» por cualquier tontería. Lo que más duele no es la frase. Es ver a tu hijo convencido de que la dice en serio.
Una noche, al ir a darle las buenas noches, me encontré esto en su puerta.

«Lo tienes consentido»
Mi suegra: «Lo tienes muy consentido». Mi madre: «Ya se le pasará, es una etapa». Las madres del parque, mirando. Mi marido: «Es cosa de educación, hay que ser más firmes».
Lo intenté todo. Castigos, tiempo fuera, la silla de pensar. Luego lo contrario: crianza respetuosa, cursos de rabietas, validar emociones, ponerme a su altura.
Un jarabe relajante de la farmacia que lo ponía a tope. Gominolas de magnesio que no hacían nada.
«Si castigaba, peor. Si le abrazaba, peor. Si razonaba, peor. Empecé a pensar que la culpa era mía.»
Lo que nadie me había explicado
Una psicóloga infantil me lo dijo en una frase que me cambió la vida:
«Cuando se pone así no te está retando. Está aterrorizado.»
Su sistema nervioso vive en modo lucha o huida, como si tuviera un león delante todo el día. Para su cuerpo, un calcetín raro no es un calcetín: es una amenaza. Y con una alarma encendida no se puede razonar.
Por eso no funcionaban ni los castigos ni los abrazos: los dos trataban la rabieta como si fuera conducta. Y no era conducta. Era pánico.
Lo que apaga esa alarma tiene nombre. El GABA es el freno natural del sistema nervioso. La serotonina es la que aguanta la frustración. En niños como Mateo, el freno falla y la alarma salta por cualquier cosa.
Y lo que te venden en la farmacia, o lo deja frito para dormir (la melatonina) o no toca nada (el magnesio solo, el omega-3).
La pastilla del TDAH tampoco: es un estimulante. A un sistema nervioso que ya va saturado, acelerarlo es echarle gasolina al fuego.
Por qué el azafrán
El azafrán, el de La Mancha, actúa a la vez sobre la serotonina, la dopamina, la noradrenalina y el GABA. Calma sin sedar.
El extracto affron®, desarrollado en España, se ha estudiado en adolescentes con ansiedad: tras ocho semanas, los chicos contaban menos ansiedad. Y en niños con TDAH, el azafrán se comparó en 2019 con el metilfenidato: padres y profesores no vieron diferencias.
Las Gominolas de azafrán de Nordian lo juntan con GABA, L-teanina y pasiflora, que también ayudan a frenar, más magnesio y vitamina D. Sin estimulantes, sin melatonina y sin hipérico.
Lo que pasó con Mateo
Una gominola con el desayuno. Sabe a frutos rojos: él se cree que es una chuche.
Primera semana: la rabieta del calcetín duró veinte minutos. Antes eran dos horas.
Segunda semana: en mitad de una rabieta, por primera vez en meses, me dejó abrazarle.
Tercera semana: una mañana entera sin gritos. Llegamos al cole a la hora.
Sexta semana: se enfadó porque su hermana le cogió un dinosaurio. Dio un pisotón, dijo «¡estoy muy enfadado!» y a los dos minutos estaban jugando juntos.


Y una noche, al ir a darle las buenas noches, me encontré esto:

Si estás donde yo estaba
Si tu hijo explota por todo, no lo tienes consentido. No eres mala madre. Y esperar a que «se le pase» no apaga una alarma.
Las rabietas de dos horas no son una etapa. Son un cuerpo pidiendo un freno.
Ahora tienen la oferta de vuelta al cole, con la rutina de mañanas de regalo.
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No eres la única
Estos son mensajes reales que escribieron otras madres en foros:
«Todos los días lo mismo: se coge rabietas de hasta 2 horas, gritos, llantos, moquea, tiembla, patalea… no la aguanto.»
«Cuando le da uno de sus arrebatos no quiere ni que le toque ni que le hable, y se pone como en una especie de trance de locura. Es de asustar.»
«Te cansas de escuchar que lo tienes consentido, que es un caprichoso.»
Mateo sigue teniendo días malos. Tiene cinco años. Pero ahora, cuando se enfada, se le pasa.
Y vuelve a dejar que le abrace.
